Y en aquel lugar, su decisión transformó al niño en una bestia domada.
Refugiado en la fría calle, su corazón apenas latía ante el mundo tan violento extendido ante sus ojos.
Sus manos, frágiles dedos temblorosos antaño, no mostraban ningún temblor.
El miedo empezaba a desaparecer ante la impotencia y la frustración que sentía, consciente de que no podía hacer nada para evitar aquel cielo gris.
La esperanza la perdió en el mismo instante en que perdió a su más leal amigo; aún recordaba la sangre cayendo en el suelo mugriento, mientras su maltrecho compañero susurraba palabras que nunca alcanzó a escuchar su corazón.
A menudo soñaba que podía oír de nuevo aquella voz firme y segura, el último resquicio de protección que le quedaba en aquel mundo cruel y despiadado.
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