Deseo de dominar..., es el látigo heridor para los más duros de todos los corazones endurecidos, el más espantoso martirio que se reserva al más cruel, la sombría llama de las hogueras vivientes. Deseo de dominar..., es el freno perverso puesto a los pueblos más vanos, el que ridiculiza todas las virtudes insconcientes, a caballo sobre todos los orgullos. Deseo de dominar..., es el temblor de la tierra que rompe y disgrega todo lo que es caduco y hueco, el colérico destructor de todos los sepulcros blanqueados, que reprende y castiga, el punto de interrogación que surge al lado de las respuestas prematuras. Deseo de dominar..., cuya mirada hace al hombre humillarse y arrastrarse, que lo esclaviza y lo rebaja por debajo de la serpiente y del cerdo; hasta que, al fin, clama en él gran desprecio. Deseo de dominar..., que también sube hacia los puros y los solitarios para atraerlos, que sube hacia las alturas de la satisfacción de uno mismo, ardiente como el amor que señala sobre los cielos la señal divina del horror.
Deseo de dominar..., de una pseudodivinidad carente de sentimientos humanos, rescatada y redimida en el inmenso pesar de nuestra existencia, el yo superfluo de los necios.
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