miércoles, 4 de julio de 2012

El aullido sin retorno

Y el hombre empezó a temblar, su cuerpo vigoroso y enérgico anhelaba más y más, para siempre.
La sangre recorría su boca y sus manos y, con una sonrisa sardónica en su rostro, comenzó a aullarle a la luna. Ah, la luna...fuente de misterio, pasión de los locos, compañera de los lobos.
Cuan aguerrido se sentía el hombre en ese preciso instante en el que con sus manos arrancó el corazón a aquella joven tan hermosa, tan llena de vida y de pasión.
Pero, ¿con qué clase de frialdad alguien como aquel hombre puede arrebatar lo más preciado?
De pronto, comenzó a sufrir espasmos de puro terror. Su carne, sus huesos, todo lo que componía su aspecto se deformó en una masa grotesca: se había convertido en un monstruo por alguna extraña razón.
La cólera invadió al hombre que había dejado de ser hace tiempo.
Aquel día, bajo una inmensa lluvia, un niño le había pegado y él quiso vengarse. Lo mató, apuñalandole por la espalda repetidas veces y, cuando cayó, se dio cuenta de lo que había hecho.
No obstante, lejos de arrepentirse, sintió en ese momento que podía sentir excitación y placer con ello.
La sangre, mezclada con el agua, le estaba llamando, podía sentirlo. Al final, acabó bebiendosela del mismo suelo mojado.
Pero aquellos recuerdos, hermosos para él, se iban deshaciendo al igual que su vida mientras perdía la conciencia y el razonamiento de hombre. El monstruo alzó la cabeza y profirió un terrible aullido.
Había nacido un nuevo ser, un camino sin retorno se había abierto para aquel que, una vez, fue hombre.

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